El día de ayer, con motivo de una cita y con la intención de causar una buena impresión, me encontré a mí misma revisando el tipo de “outfit” que sería conveniente para el momento, al igual que el tipo de peinado y lo zapatos que estarían acorde. Pensaba, con obsesión, que tenía que ser casual pero a la vez que no se notara el esmero, y que debía dar la impresión de ser impactante.

Después me acordé de los innumerables momentos en que había repetido esta acción y las muchas veces que en pláticas entre amigas habíamos pasado un muy buen tiempo apoyándonos y visualizando la imagen perfecta, viendo incluso en qué cosas podíamos contribuir de nuestro guardarropa para causar esa gran impresión: al llegar a una boda en la que se encontraba la ex de su novio o, una entrevista de trabajo en la que por fin tendría por primera vez la posición que tanto anhelaba o incluso, para ese primer encuentro con el amor.

¿Salía corriendo a hacerme las uñas desde el miedo a no ser aceptada?

¿O me ponía el saco de marca para demostrar a mi futuro empleador que era una mujer poderosa y capaz?

¿Me presentaba ante la sala de la futura suegra con un lindo vestido y peinado “casual” de salón para recibir un poco de amor y atención y demostrar que era lo suficientemente valiosa como para que ella y su hijo me aceptaran?

¿Debería seguir moviendo los hilos de mi actuar de esta misma forma, desde la carencia de que algo estaba faltando?

De pronto surgió en mí el pensamiento de que efectivamente, veces más, veces menos, el impacto se había logrado por lo menos en principio, pero que el hecho de que ese impacto no quedara sostenido en el tiempo se debía a que surgía desde una carencia. De hecho, me estaba comportando, y así lo sentía, como un ente que siempre necesitaba de más y más y, francamente, se volvía agotador mantenerlo y alimentarlo con zapatos, bolsas, peinados y buenas caras fingidas pretendiendo ser lo que el momento o la ocasión ameritara.

Examinando más a profundidad, concluí que todo en mi misma se movía por una búsqueda de aceptación, desde la creencia que únicamente estaba presente en mí; búsqueda que algunas veces lograba ocultar porque en el fondo yo creía que tal vez no era lo suficientemente buena para ese puesto, amor, o encuentro. Muchas de las veces conseguí el puesto, algunas, la relación y otras me divertí pensando en cuál era el almacén más cercano en el que podía, junto con mis amigas, ir a comprar ese producto mágico que me diera acceso al amor, aceptación o magia que buscaba.

Ahora me doy cuenta de que no se trata de que los zapatos sean de tal marca, o el peinado del salón de la avenida más prestigiosa de la ciudad.

Hoy se trata de detenernos y reconocer la totalidad de nuestra perfección, de que todo lo que hemos sido y somos es el diseño de nuestras propias elecciones y en consecuencia perfecto. Hay  que hacer  brillar el amor incondicional más pleno hacia nosotros mismos y “vestirnos” con el diseño de la creación que nos hizo más que suficientes, de hecho ¡perfectos! Somos únicos e irrepetibles.

Somos los diseñadores más prestigiosos en cuanto a nuestros pensamientos se refiere,  lo cual nos puede llenar de inseguridad o de poder. Es el amor propio la médula de donde parte y llamamos lo mejor a nuestras vidas, y una vez aceptándonos en nuestra totalidad, esa misma aceptación y amor serán una ola expansiva que se transmitirá a los demás, irradiando con alegría, la libertad de presentarnos tal cual somos, disfrutando de la danza de la vida en cualquier ocasión que se nos presente con los demás seres y de salir al encuentro de cada uno reconociendo la magia de su total perfección, al igual que de la nuestra.

Te aseguro que de esa manera al lugar al que llegues y de la forma en la que te presentes, estarás vestido desde las bases para obtener lo que te propongas en tu vida.

 

❤ ¡Gracias por leerme!

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